Fausto y Mefistofeles

FAUSTO.— ¿Ves en el cielo aquella lámpara eterna que aunque oscila en todo momento es cada vez más densa la oscuridad que le rodea? Pues de esa manera reina siempre la noche en mi alma.
MEFISTÓFELES.— En cuanto a mí, soy como el gato flaco que se rasca al escurrirse por la pared, sin faltarle su fuerza instintiva. Siento aún el estremecimiento de mi cuerpo al recordar la hermosa noche de Walpurgis: pasado mañana se repetirá y ahí al menos se sabe por qué se veía.
FAUSTO.— ¿Tardará mucho en aparecer a la luz aquel tesoro que vi brillar debajo de la Tierra?
MEFISTÓFELES.— Tendrás en breve el placer de hacerte con el cofrecito al que a últimas fechas he echado ojo y que contiene hermosos escudos.
FAUSTO.— ¿Y no hay ninguna joya, ni un anillo al menos, para adornar a mi amada?
MEFISTÓFELES.— Sí, creo haber visto en él una especie de collar de perlas.
FAUSTO.— Extraordinario, pues sentiría mucho visitarla sin llevar para ella algo en las manos.
MEFISTÓFELES.— Creo que no te molestará pasar un buen rato sin que te cueste nada. Ahora que el cielo brilla con todas sus estrellas vas a oír una obra maestra: es una canción moral que va a robarle el juicio.
(Canta acompañado por la bandolina).
“¿Por qué así pasas la noche aguardando al ser que sólo se finge enamorado para lograr tu deshonor? No escuches más sus falsas promesas, si no quieres perder un bien preciado que el arrepentimiento y el llanto no te devolverán. Pobre débiles criaturas, ¡qué cobarde y a traición se te seduce! Si deseas evitar los lazos que la traición te extiende, sospecha de todos los hombres y no des a ninguno tu favor hasta que haya jurado eterna fe frente al altar”
VALENTÍN se adelanta.— ¿A quién acechas aquí, maldito cazador de ratones? Empieza por soltar tu instrumento que mandaré en el acto al músico a todos los diablos.
MEFISTÓFELES.— La guitarra está hecha pedazos y no puede contarse con ella.
VALENTÍN.— Pues sólo falta ya rompernos el alma.
MEFISTÓFELES, a Fausto.— Doctor, no te precipites: colócate a mi lado y espera a que te dirija. ¡Empuña la espada y avanza, que yo pararé el golpe!
VALENTÍN.— ¡Detén pues éste!
MEFISTÓFELES.— ¿Por qué no?
VALENTÍN.— ¿Y ésta?
MEFISTÓFELES.— Del mismo modo.
VALENTÍN.— Creo enfrentarme al mismo diablo. ¿Qué sucede? ¡Mi mano se paraliza!
MEFISTÓFELES.— Avanza.
VALENTÍN, cae.— ¡Ay de mí!
MEFISTÓFELES.— Ya está domesticado mi feroz campesino. Ahora marchemos de inmediato, porque oigo gritar: “Al asesino”. Yo me las compongo bien con la policía, pero no sé entenderme con los jueces.
MARTA, en la ventana.— ¡Socorro! ¡Socorro!
MARGARITA, también en la ventana.— ¡Una luz aquí!
MARTA, gritando.— Pelean, gritan, llaman y se baten.
EL PUEBLO.— Hay un muerto.
MARTA, saliendo.— ¿Quién es el muerto?
EL PUEBLO.— El hijo de tu madre.
MARGARITA.— ¡Dios todopoderoso! ¡Qué desgracia!
VALENTÍN.— ¡Me muero y creo que será muy pronto! ¿Por qué están aquí, ¡oh mujeres!, dando esos gritos y lamentos? Vengan y escúchenme.
(Todos lo rodean).
Margarita, bien lo ves, eres joven y te falta práctica para arreglar tus asuntos; te lo digo con confianza, ya que eres una mujer perdida, sélo por completo.
MARGARITA.— ¡Dios mío! Hermano, ¿qué es lo que dices?
VALENTÍN.— No mezcles a Dios Nuestro Señor en esto. Lo hecho, hecho está y lo que ha de suceder sucederá. Empezaste por amar en secreto a un hombre, luego amarás a otros y terminarás por amarlos a todos. La vergüenza, al nacer, se ocultó ya con cierto misterio, se cubrió con el velo de la noche y hasta hubiera querido ahogarse a sí misma; pero conforme fue creciendo, empezó a mostrarse en público y, sin embargo, a pesar de que su rostro era cada vez más horrible y repulsivo, sólo desea ya ostentar sus tristes galas a luz del sol. En poco tiempo toda la gente honrada huirá de ti como de un cuerpo muerto y tendrás cada vez que te miren cara a cara una confusión enorme que te estremecerá hasta la medula ósea. No habrá ya entonces para ti ni cadena de oro, ni banco en la iglesia, ni traje que atraiga en el baile todas las miradas; tendrás tan solo un pobre jergón en que recostarte en alguna enfermería. Aunque por su misericordia infinita Dios te perdone, seguirás siendo en el mundo objeto de escarnio y maldición.
MARTA.— Encomienda tu alma a dios, lejos de mancharte la conciencia con blasfemias.
VALENTÍN.— Creería perdonados todos mis pecados con tan sólo poder caer sobre ti, infame medianera.
MARGARITA.— ¡Hermano mío, ten piedad de mi horrible sufrimiento!
VALENTÍN.— Deja de llorar sin objeto: tu falta ha sido para mí un golpe terrible… Cierra mis párpados el sueño de la muerte. ¡Quiera Dios apiadarse del soldado que trató de cumplir como honrado en todo lo posible!.
(Muere).

FAUSTO.— ¿Ves en el cielo aquella lámpara eterna que aunque oscila en todo momento es cada vez más densa la oscuridad que le rodea? Pues de esa manera reina siempre la noche en mi alma.

MEFISTÓFELES.— En cuanto a mí, soy como el gato flaco que se rasca al escurrirse por la pared, sin faltarle su fuerza instintiva. Siento aún el estremecimiento de mi cuerpo al recordar la hermosa noche de Walpurgis: pasado mañana se repetirá y ahí al menos se sabe por qué se veía.

FAUSTO.— ¿Tardará mucho en aparecer a la luz aquel tesoro que vi brillar debajo de la Tierra?

MEFISTÓFELES.— Tendrás en breve el placer de hacerte con el cofrecito al que a últimas fechas he echado ojo y que contiene hermosos escudos.

FAUSTO.— ¿Y no hay ninguna joya, ni un anillo al menos, para adornar a mi amada?

MEFISTÓFELES.— Sí, creo haber visto en él una especie de collar de perlas.

FAUSTO.— Extraordinario, pues sentiría mucho visitarla sin llevar para ella algo en las manos.

MEFISTÓFELES.— Creo que no te molestará pasar un buen rato sin que te cueste nada. Ahora que el cielo brilla con todas sus estrellas vas a oír una obra maestra: es una canción moral que va a robarle el juicio.

(Canta acompañado por la bandolina).

“¿Por qué así pasas la noche aguardando al ser que sólo se finge enamorado para lograr tu deshonor? No escuches más sus falsas promesas, si no quieres perder un bien preciado que el arrepentimiento y el llanto no te devolverán. Pobre débiles criaturas, ¡qué cobarde y a traición se te seduce! Si deseas evitar los lazos que la traición te extiende, sospecha de todos los hombres y no des a ninguno tu favor hasta que haya jurado eterna fe frente al altar”

VALENTÍN se adelanta.— ¿A quién acechas aquí, maldito cazador de ratones? Empieza por soltar tu instrumento que mandaré en el acto al músico a todos los diablos.

MEFISTÓFELES.— La guitarra está hecha pedazos y no puede contarse con ella.

VALENTÍN.— Pues sólo falta ya rompernos el alma.

MEFISTÓFELES, a Fausto.— Doctor, no te precipites: colócate a mi lado y espera a que te dirija. ¡Empuña la espada y avanza, que yo pararé el golpe!

VALENTÍN.— ¡Detén pues éste!

MEFISTÓFELES.— ¿Por qué no?

VALENTÍN.— ¿Y ésta?

MEFISTÓFELES.— Del mismo modo.

VALENTÍN.— Creo enfrentarme al mismo diablo. ¿Qué sucede? ¡Mi mano se paraliza!

MEFISTÓFELES.— Avanza.

VALENTÍN, cae.— ¡Ay de mí!

MEFISTÓFELES.— Ya está domesticado mi feroz campesino. Ahora marchemos de inmediato, porque oigo gritar: “Al asesino”. Yo me las compongo bien con la policía, pero no sé entenderme con los jueces.

MARTA, en la ventana.— ¡Socorro! ¡Socorro!

MARGARITA, también en la ventana.— ¡Una luz aquí!

MARTA, gritando.— Pelean, gritan, llaman y se baten.

EL PUEBLO.— Hay un muerto.

MARTA, saliendo.— ¿Quién es el muerto?

EL PUEBLO.— El hijo de tu madre.

MARGARITA.— ¡Dios todopoderoso! ¡Qué desgracia!

VALENTÍN.— ¡Me muero y creo que será muy pronto! ¿Por qué están aquí, ¡oh mujeres!, dando esos gritos y lamentos? Vengan y escúchenme.

(Todos lo rodean).

Margarita, bien lo ves, eres joven y te falta práctica para arreglar tus asuntos; te lo digo con confianza, ya que eres una mujer perdida, sélo por completo.

MARGARITA.— ¡Dios mío! Hermano, ¿qué es lo que dices?

VALENTÍN.— No mezcles a Dios Nuestro Señor en esto. Lo hecho, hecho está y lo que ha de suceder sucederá. Empezaste por amar en secreto a un hombre, luego amarás a otros y terminarás por amarlos a todos. La vergüenza, al nacer, se ocultó ya con cierto misterio, se cubrió con el velo de la noche y hasta hubiera querido ahogarse a sí misma; pero conforme fue creciendo, empezó a mostrarse en público y, sin embargo, a pesar de que su rostro era cada vez más horrible y repulsivo, sólo desea ya ostentar sus tristes galas a luz del sol. En poco tiempo toda la gente honrada huirá de ti como de un cuerpo muerto y tendrás cada vez que te miren cara a cara una confusión enorme que te estremecerá hasta la medula ósea. No habrá ya entonces para ti ni cadena de oro, ni banco en la iglesia, ni traje que atraiga en el baile todas las miradas; tendrás tan solo un pobre jergón en que recostarte en alguna enfermería. Aunque por su misericordia infinita Dios te perdone, seguirás siendo en el mundo objeto de escarnio y maldición.

MARTA.— Encomienda tu alma a dios, lejos de mancharte la conciencia con blasfemias.

VALENTÍN.— Creería perdonados todos mis pecados con tan sólo poder caer sobre ti, infame medianera.

MARGARITA.— ¡Hermano mío, ten piedad de mi horrible sufrimiento!

VALENTÍN.— Deja de llorar sin objeto: tu falta ha sido para mí un golpe terrible… Cierra mis párpados el sueño de la muerte. ¡Quiera Dios apiadarse del soldado que trató de cumplir como honrado en todo lo posible!.

(Muere).

Alejandra

Octubre 14

Werther:

Tu partida me ha deshecho el alma en mil pedazos y no creo poder recuperarme. Por largos años fuiste mi mejor amigo y te he confiado los más oscuros secretos de mi persona. Creo que siempre fui reciproco contigo, cuando me comentaste que darías fin a tu vida sentí una fuerte opresión en el pecho pero sabia que esa decisión era definitiva y te aseguro que fue respetada por todos los que te queremos. Estoy convencido que no hay una secuencia lógica entre amar y crear, ha sido algo malinterpretado por todo mundo, así como no hay una secuencia lógica entre crear y el bien, es por eso que sé que el amor incrustado en tu ser fue una carga de magnitudes insoportables que fue capaz de destruirte. Aunque esta carta será en una sola dirección y jamás obtendré una respuesta, créeme, que después de haber leído cientos de cartas tuyas puedo fácilmente generar una respuesta como si la estuviera leyendo de tu mismo puño y letra. Prefiero mil veces guardarte luto en silencio, pero siento que soy victima del mismo cáncer que te arrebato la vida. Al igual que tu amo a alguien que no debo amar, al igual que tu todas las tempestades han confabulado para derrumbar la obra del indiscreto amor, lo hermoso tiene un precio y este siempre excede las capacidades de cualquiera que intente alcanzar el altivo sabor de la gloria hecha sentimiento. Al igual que tu, se trata de una mujer que fue hecha con la malicia divina, esas que son fundidas en los hornos exclusivos para aquellas que vendrán solo a desviar al hombre de la cordura y de la civilización con el solo movimiento de su arquitectura celestial. Como bien me lo decías, uno suele enamorarse de la mujer de su amigo, pues lo que conocemos de ella ha sido filtrado por los ojos del amante y es por eso que no te la describiré enteramente, para no acabar como enemigos amigo mío, pues si te veo poniendo un ojo en ella, te juro que desde el mismísimo infierno en que te encuentres iré a partirte la cara. Dejando las vulgares bromas de lado (tu sabes lo que me cuesta renunciar a ellas, aparte que apuesto se dibujo una sonrisa en tu feo rostro) esa mujer ha despertado la incongruencia misma en los bordes de mi ya distorsionada realidad, al verla en la escena de mi visión, basta con sus ojos para sumergirme en un océano insondable en el cual puedo respirar sin aire pero a la vez me ahoga el ambiente inundado de ese aroma a ella, a ella que sin temor a equivocarme en una línea de su destino tiene escrita mi sentencia de muerte pero que acepto gustoso con poder besarla mientras la adversidad lo permita, porque a diferencia de ti, la mujer que me tortura no es prohibida, al menos no de la misma manera que tu Carlotta, en eso si tengo una infinita y odiosa ventaja sobre ti amigo mío, ódiame. Mas sin embargo para que no sientas que solo tú estas en ese lecho de muerte, te diré que mi final será aun mas amargo, pues después de probar el sin fin de emociones que provocara esa boca en mi alma hasta la mas grande de las dichas sabrá agridulce. Nos vemos pronto.

Ernesto.

Margarita

FAUSTO.– Date prisa, porque no hay un momento que perder si no queremos pagarlo caro.
MARGARITA.– ¡Qué es eso! ¿No puedes ya abrazarme? ¿Será posible, amor, que en tan poco tiempo hayas perdido ya la costumbre de abrazarme? ¿A qué viene la inquietud que siento en tus brazos, cuando antes bastaba la menor de mis palabras o una sola de tus miradas para convertir mi espíritu en el cielo? ¡Abrázame que si no, yo no lo haré!
NETO.– Mándalaaa a la verga Quique, la estas salvando y con la mamada que sale.

GimpStyle Theme design by Horacio Bella.
Entries and comments feeds. Valid XHTML and CSS.