Firmin

Si hubiera llevado un diario del dolor, la única anotación habría sido una palabra: yo.

Philip Roth

Voy a abrirle mi corazón: el impulso de violar a mi hermana en un callejón fue el último momento de deseo sexual normal y corriente que he experimentado en mi vida. Aquella noche, al salir, yo era, a pesar de mi inteligencia, un macho bastante común. Al volver ya estaba muy adelantado el proceso por el que me transformaría en un pervertido, en un fenómeno de feria.

Si hay algo para lo que resulte útil una formación literaria, es para dotarlo a uno de un sentido de la catástrofe. No hay nada como una imaginación vívida para desvitalizarle a uno el valor.

Me di cuenta, por supuesto, de que la intensidad del dolor guardaba una proporción exacta con lo enorme de mi vanidad, pero ese pensamiento sólo contribuyo a empeorar las cosas. No sólo feo, sino también vanidoso, con lo cual añadíamos el ridículo al total de mis talentos.

Los demás miembros de mi familia fueron muy afortunados, en cierto modo. Gracias a la enanez de su imaginación y el corto alcance de su memoria, no era gran cosa lo que pedían: más que nada, comida y fornicación, y de ambas dispusieron en cantidad suficiente como para ir tirando mientras les duró la vida. Pero eso no era vida para mí. Como cualquier idiota, tenía aspiraciones.

Malo es el amor no correspondido; pero lo que verdaderamente puede hundirlo a uno es el amor no correspondible.

La vida es un cuento narrado para un idiota.

A lo más que llegaba era a una especie de tartamudeo digital. Me plantaba delante del espejo, a pesar de lo doloroso que ello me resultaba, y, balanceándome en el borde del lavabo, hacía todo lo posible por decir en signos: «¿Qué te gusta leer?».

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