Felices 87 Saramago

Saramago festeja sus 87 años creando polémica con Caín.

No soy un escritor de temas religiosos, pero eso no significa que la religión no me interese. ¿Cómo podría no interesarme algo que ha hecho de nosotros las personas que somos? Aunque no seamos creyentes, la religión está en el aire, la respiramos. No se puede ignorar.
Es muy fácil condenar a Caín por fratricidio y yo tampoco lo absuelvo, que quede claro. Lo que hago es poner una parte de la culpa en Dios: Él, que todo lo sabe, podría haber evitado eso. Su responsabilidad es que, cuando los dos hermanos le ofrecen los productos de su trabajo, Caín, al ser agricultor, le ofrece verduras, y Abel, como es ganadero, le regala carne. Dios queda encantado con la grasa del cordero ardiendo en la hoguera… y desprecia las ofrendas de Caín. ¿Qué clase de dios es este que, para enaltecer a uno, desprecia a otro, de una manera tan provocadora? Caín es humillado por Dios y mata a su hermano porque no puede matar a Dios, que es lo que quisiera.
“Ser Dios no es tan fácil como creéis”. Si nosotros fuéramos tan infalibles e inmaculados, habríamos creado un Dios así. Pero los hombres hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza, no al revés. Por eso es tan cruel, mala persona y vengativo.

Yo soy ateo y me siento incapaz, incluso haciendo un esfuerzo mental, de creer en Dios, de acercarme a esa sensación. Y, en mi caso, nunca he tenido ninguna duda sobre las consecuencias enormemente negativas y nefastas de la existencia de religiones, que inevitablemente se oponen las unas a las otras. Matar, matar, matar… eso es lo que han hecho a lo largo de la historia, no hay nada qué añadir a su historial sangriento.

No soy un escritor de temas religiosos, pero eso no significa que la religión no me interese. ¿Cómo podría no interesarme algo que ha hecho de nosotros las personas que somos? Aunque no seamos creyentes, la religión está en el aire, la respiramos. No se puede ignorar.

Es muy fácil condenar a Caín por fratricidio y yo tampoco lo absuelvo, que quede claro. Lo que hago es poner una parte de la culpa en Dios: Él, que todo lo sabe, podría haber evitado eso. Su responsabilidad es que, cuando los dos hermanos le ofrecen los productos de su trabajo, Caín, al ser agricultor, le ofrece verduras, y Abel, como es ganadero, le regala carne. Dios queda encantado con la grasa del cordero ardiendo en la hoguera… y desprecia las ofrendas de Caín. ¿Qué clase de dios es este que, para enaltecer a uno, desprecia a otro, de una manera tan provocadora? Caín es humillado por Dios y mata a su hermano porque no puede matar a Dios, que es lo que quisiera.

“Ser Dios no es tan fácil como creéis”. Si nosotros fuéramos tan infalibles e inmaculados, habríamos creado un Dios así. Pero los hombres hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza, no al revés. Por eso es tan cruel, mala persona y vengativo.

Yo soy ateo y me siento incapaz, incluso haciendo un esfuerzo mental, de creer en Dios, de acercarme a esa sensación. Y, en mi caso, nunca he tenido ninguna duda sobre las consecuencias enormemente negativas y nefastas de la existencia de religiones, que inevitablemente se oponen las unas a las otras. Matar, matar, matar… eso es lo que han hecho a lo largo de la historia, no hay nada qué añadir a su historial sangriento.

José Saramago

Harry a Goethe

——Usted, señor Goethe, como todos los extraordinarios espíritus ha sentido perfectamente el problema, la desesperanza de la vida humana: la magnificencia del momento y su desgraciado agostarse, la dificultad de corresponder a una prominente excelsitud del sentimiento de otro modo que con la cárcel de lo cotidiano, la aspiración ardiente hacia el reino del espíritu que está en eterna lucha a muerte con el amor también ardiente y santo a la perdida inocencia de la naturaleza, todo este terrible flotar en el vacío y en la inseguridad, este estar condenado a lo fugaz, a lo insuficiente, a lo perpetuamente en ensayo y diletantesco, en suma, a toda la falta de horizontes y de comprensión y la desesperación angustiosa de la naturaleza humana.
Todo lo anterior ha sido de su conocimiento y en cierta ocasión se ha manifestado a favor de ello, y, no obstante con toda su vida ha predicado lo contrario, ha expresado fe y optimismo, ha simulado a sí mismo y a los demás una inmortalidad y un sentido a nuestros esfuerzos espirituales. Usted ha rechazado y agobiado a quienes profesan una profundidad de pensamiento y a las voces de la desesperada verdad, lo mismo en usted que en Kleist y en Beethoven. Durante varios decenios ha actuado como si el amontonamiento de ciencia y de colecciones, el escribir y conservar cartas y toda su dilatada existencia en Weimar fuera, efectivamente, un camino para perpetuar el momento que en el fondo usted sólo logra momificar, para espiritualizar a la naturaleza, a la que sólo conseguía estilizar en caricatura. Ésta es la insinceridad que le echamos en cara.

—Usted, señor Goethe, como todos los extraordinarios espíritus ha sentido perfectamente el problema, la desesperanza de la vida humana: la magnificencia del momento y su desgraciado agostarse, la dificultad de corresponder a una prominente excelsitud del sentimiento de otro modo que con la cárcel de lo cotidiano, la aspiración ardiente hacia el reino del espíritu que está en eterna lucha a muerte con el amor también ardiente y santo a la perdida inocencia de la naturaleza, todo este terrible flotar en el vacío y en la inseguridad, este estar condenado a lo fugaz, a lo insuficiente, a lo perpetuamente en ensayo y diletantesco, en suma, a toda la falta de horizontes y de comprensión y la desesperación angustiosa de la naturaleza humana.

Todo lo anterior ha sido de su conocimiento y en cierta ocasión se ha manifestado a favor de ello, y, no obstante con toda su vida ha predicado lo contrario, ha expresado fe y optimismo, ha simulado a sí mismo y a los demás una inmortalidad y un sentido a nuestros esfuerzos espirituales. Usted ha rechazado y agobiado a quienes profesan una profundidad de pensamiento y a las voces de la desesperada verdad, lo mismo en usted que en Kleist y en Beethoven. Durante varios decenios ha actuado como si el amontonamiento de ciencia y de colecciones, el escribir y conservar cartas y toda su dilatada existencia en Weimar fuera, efectivamente, un camino para perpetuar el momento que en el fondo usted sólo logra momificar, para espiritualizar a la naturaleza, a la que sólo conseguía estilizar en caricatura. Ésta es la insinceridad que le echamos en cara.

Hermann Hesse, El Lobo Estepario

Steppenwolf

Y caminamos encontrándonos sin reconocernos, dejamos vida en cada objeto que se topa en el camino, posterior lo olvidamos para poder continuar el viaje hacia nosotros mismos, durante el cual, muy a pesar de los personajes que contribuyen mostrándonos algunas de nuestras piezas, la frustración de no poder determinar nuestra forma final destruye el entusiasmo del pequeño progreso, ese inmenso rompecabezas que representamos mientras nos esforzamos en respirar a un mundo que nos resulta hostil desde su más pura esencia, por no tener un juez justo, algo que en definitiva no existirá, empero, siempre estamos exigiéndolo, no deja otra opción más que crear una capa extra a la superficie, para poder caminar sin esa pesadez inherente a la obligación de vivir. El lobo estepario, sólo para locos, la entrada cuesta la razón.

¡Ah, no es fácil hallar ese rastro de Dios en medio de esta vida, en medio de esta centuria tan conformista, tan burguesa, tan carente de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres! ¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre ermitaño en medio de un mundo, con cuyos fines y deleites no estoy de acuerdo ni me atraen?
Para nada sirve pensar, ni decir, ni escribir nada humano, no tiene sentido dar vueltas a buenas ideas dentro la cabeza; para dos o tres hombres que hacen esto; hay día por día miles de publicaciones, discursos, sesiones públicas y secretas, que aspiran a lo contrario y lo consiguen.

¡Ah, no es fácil hallar ese rastro de Dios en medio de esta vida, en medio de esta centuria tan conformista, tan burguesa, tan carente de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres! ¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre ermitaño en medio de un mundo, con cuyos fines y deleites no estoy de acuerdo ni me atraen?

Para nada sirve pensar, ni decir, ni escribir nada humano, no tiene sentido dar vueltas a buenas ideas dentro la cabeza; para dos o tres hombres que hacen esto; hay día por día miles de publicaciones, discursos, sesiones públicas y secretas, que aspiran a lo contrario y lo consiguen.

Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura 1946

Fausto y Mefistofeles

FAUSTO.— ¿Ves en el cielo aquella lámpara eterna que aunque oscila en todo momento es cada vez más densa la oscuridad que le rodea? Pues de esa manera reina siempre la noche en mi alma.
MEFISTÓFELES.— En cuanto a mí, soy como el gato flaco que se rasca al escurrirse por la pared, sin faltarle su fuerza instintiva. Siento aún el estremecimiento de mi cuerpo al recordar la hermosa noche de Walpurgis: pasado mañana se repetirá y ahí al menos se sabe por qué se veía.
FAUSTO.— ¿Tardará mucho en aparecer a la luz aquel tesoro que vi brillar debajo de la Tierra?
MEFISTÓFELES.— Tendrás en breve el placer de hacerte con el cofrecito al que a últimas fechas he echado ojo y que contiene hermosos escudos.
FAUSTO.— ¿Y no hay ninguna joya, ni un anillo al menos, para adornar a mi amada?
MEFISTÓFELES.— Sí, creo haber visto en él una especie de collar de perlas.
FAUSTO.— Extraordinario, pues sentiría mucho visitarla sin llevar para ella algo en las manos.
MEFISTÓFELES.— Creo que no te molestará pasar un buen rato sin que te cueste nada. Ahora que el cielo brilla con todas sus estrellas vas a oír una obra maestra: es una canción moral que va a robarle el juicio.
(Canta acompañado por la bandolina).
“¿Por qué así pasas la noche aguardando al ser que sólo se finge enamorado para lograr tu deshonor? No escuches más sus falsas promesas, si no quieres perder un bien preciado que el arrepentimiento y el llanto no te devolverán. Pobre débiles criaturas, ¡qué cobarde y a traición se te seduce! Si deseas evitar los lazos que la traición te extiende, sospecha de todos los hombres y no des a ninguno tu favor hasta que haya jurado eterna fe frente al altar”
VALENTÍN se adelanta.— ¿A quién acechas aquí, maldito cazador de ratones? Empieza por soltar tu instrumento que mandaré en el acto al músico a todos los diablos.
MEFISTÓFELES.— La guitarra está hecha pedazos y no puede contarse con ella.
VALENTÍN.— Pues sólo falta ya rompernos el alma.
MEFISTÓFELES, a Fausto.— Doctor, no te precipites: colócate a mi lado y espera a que te dirija. ¡Empuña la espada y avanza, que yo pararé el golpe!
VALENTÍN.— ¡Detén pues éste!
MEFISTÓFELES.— ¿Por qué no?
VALENTÍN.— ¿Y ésta?
MEFISTÓFELES.— Del mismo modo.
VALENTÍN.— Creo enfrentarme al mismo diablo. ¿Qué sucede? ¡Mi mano se paraliza!
MEFISTÓFELES.— Avanza.
VALENTÍN, cae.— ¡Ay de mí!
MEFISTÓFELES.— Ya está domesticado mi feroz campesino. Ahora marchemos de inmediato, porque oigo gritar: “Al asesino”. Yo me las compongo bien con la policía, pero no sé entenderme con los jueces.
MARTA, en la ventana.— ¡Socorro! ¡Socorro!
MARGARITA, también en la ventana.— ¡Una luz aquí!
MARTA, gritando.— Pelean, gritan, llaman y se baten.
EL PUEBLO.— Hay un muerto.
MARTA, saliendo.— ¿Quién es el muerto?
EL PUEBLO.— El hijo de tu madre.
MARGARITA.— ¡Dios todopoderoso! ¡Qué desgracia!
VALENTÍN.— ¡Me muero y creo que será muy pronto! ¿Por qué están aquí, ¡oh mujeres!, dando esos gritos y lamentos? Vengan y escúchenme.
(Todos lo rodean).
Margarita, bien lo ves, eres joven y te falta práctica para arreglar tus asuntos; te lo digo con confianza, ya que eres una mujer perdida, sélo por completo.
MARGARITA.— ¡Dios mío! Hermano, ¿qué es lo que dices?
VALENTÍN.— No mezcles a Dios Nuestro Señor en esto. Lo hecho, hecho está y lo que ha de suceder sucederá. Empezaste por amar en secreto a un hombre, luego amarás a otros y terminarás por amarlos a todos. La vergüenza, al nacer, se ocultó ya con cierto misterio, se cubrió con el velo de la noche y hasta hubiera querido ahogarse a sí misma; pero conforme fue creciendo, empezó a mostrarse en público y, sin embargo, a pesar de que su rostro era cada vez más horrible y repulsivo, sólo desea ya ostentar sus tristes galas a luz del sol. En poco tiempo toda la gente honrada huirá de ti como de un cuerpo muerto y tendrás cada vez que te miren cara a cara una confusión enorme que te estremecerá hasta la medula ósea. No habrá ya entonces para ti ni cadena de oro, ni banco en la iglesia, ni traje que atraiga en el baile todas las miradas; tendrás tan solo un pobre jergón en que recostarte en alguna enfermería. Aunque por su misericordia infinita Dios te perdone, seguirás siendo en el mundo objeto de escarnio y maldición.
MARTA.— Encomienda tu alma a dios, lejos de mancharte la conciencia con blasfemias.
VALENTÍN.— Creería perdonados todos mis pecados con tan sólo poder caer sobre ti, infame medianera.
MARGARITA.— ¡Hermano mío, ten piedad de mi horrible sufrimiento!
VALENTÍN.— Deja de llorar sin objeto: tu falta ha sido para mí un golpe terrible… Cierra mis párpados el sueño de la muerte. ¡Quiera Dios apiadarse del soldado que trató de cumplir como honrado en todo lo posible!.
(Muere).

FAUSTO.— ¿Ves en el cielo aquella lámpara eterna que aunque oscila en todo momento es cada vez más densa la oscuridad que le rodea? Pues de esa manera reina siempre la noche en mi alma.

MEFISTÓFELES.— En cuanto a mí, soy como el gato flaco que se rasca al escurrirse por la pared, sin faltarle su fuerza instintiva. Siento aún el estremecimiento de mi cuerpo al recordar la hermosa noche de Walpurgis: pasado mañana se repetirá y ahí al menos se sabe por qué se veía.

FAUSTO.— ¿Tardará mucho en aparecer a la luz aquel tesoro que vi brillar debajo de la Tierra?

MEFISTÓFELES.— Tendrás en breve el placer de hacerte con el cofrecito al que a últimas fechas he echado ojo y que contiene hermosos escudos.

FAUSTO.— ¿Y no hay ninguna joya, ni un anillo al menos, para adornar a mi amada?

MEFISTÓFELES.— Sí, creo haber visto en él una especie de collar de perlas.

FAUSTO.— Extraordinario, pues sentiría mucho visitarla sin llevar para ella algo en las manos.

MEFISTÓFELES.— Creo que no te molestará pasar un buen rato sin que te cueste nada. Ahora que el cielo brilla con todas sus estrellas vas a oír una obra maestra: es una canción moral que va a robarle el juicio.

(Canta acompañado por la bandolina).

“¿Por qué así pasas la noche aguardando al ser que sólo se finge enamorado para lograr tu deshonor? No escuches más sus falsas promesas, si no quieres perder un bien preciado que el arrepentimiento y el llanto no te devolverán. Pobre débiles criaturas, ¡qué cobarde y a traición se te seduce! Si deseas evitar los lazos que la traición te extiende, sospecha de todos los hombres y no des a ninguno tu favor hasta que haya jurado eterna fe frente al altar”

VALENTÍN se adelanta.— ¿A quién acechas aquí, maldito cazador de ratones? Empieza por soltar tu instrumento que mandaré en el acto al músico a todos los diablos.

MEFISTÓFELES.— La guitarra está hecha pedazos y no puede contarse con ella.

VALENTÍN.— Pues sólo falta ya rompernos el alma.

MEFISTÓFELES, a Fausto.— Doctor, no te precipites: colócate a mi lado y espera a que te dirija. ¡Empuña la espada y avanza, que yo pararé el golpe!

VALENTÍN.— ¡Detén pues éste!

MEFISTÓFELES.— ¿Por qué no?

VALENTÍN.— ¿Y ésta?

MEFISTÓFELES.— Del mismo modo.

VALENTÍN.— Creo enfrentarme al mismo diablo. ¿Qué sucede? ¡Mi mano se paraliza!

MEFISTÓFELES.— Avanza.

VALENTÍN, cae.— ¡Ay de mí!

MEFISTÓFELES.— Ya está domesticado mi feroz campesino. Ahora marchemos de inmediato, porque oigo gritar: “Al asesino”. Yo me las compongo bien con la policía, pero no sé entenderme con los jueces.

MARTA, en la ventana.— ¡Socorro! ¡Socorro!

MARGARITA, también en la ventana.— ¡Una luz aquí!

MARTA, gritando.— Pelean, gritan, llaman y se baten.

EL PUEBLO.— Hay un muerto.

MARTA, saliendo.— ¿Quién es el muerto?

EL PUEBLO.— El hijo de tu madre.

MARGARITA.— ¡Dios todopoderoso! ¡Qué desgracia!

VALENTÍN.— ¡Me muero y creo que será muy pronto! ¿Por qué están aquí, ¡oh mujeres!, dando esos gritos y lamentos? Vengan y escúchenme.

(Todos lo rodean).

Margarita, bien lo ves, eres joven y te falta práctica para arreglar tus asuntos; te lo digo con confianza, ya que eres una mujer perdida, sélo por completo.

MARGARITA.— ¡Dios mío! Hermano, ¿qué es lo que dices?

VALENTÍN.— No mezcles a Dios Nuestro Señor en esto. Lo hecho, hecho está y lo que ha de suceder sucederá. Empezaste por amar en secreto a un hombre, luego amarás a otros y terminarás por amarlos a todos. La vergüenza, al nacer, se ocultó ya con cierto misterio, se cubrió con el velo de la noche y hasta hubiera querido ahogarse a sí misma; pero conforme fue creciendo, empezó a mostrarse en público y, sin embargo, a pesar de que su rostro era cada vez más horrible y repulsivo, sólo desea ya ostentar sus tristes galas a luz del sol. En poco tiempo toda la gente honrada huirá de ti como de un cuerpo muerto y tendrás cada vez que te miren cara a cara una confusión enorme que te estremecerá hasta la medula ósea. No habrá ya entonces para ti ni cadena de oro, ni banco en la iglesia, ni traje que atraiga en el baile todas las miradas; tendrás tan solo un pobre jergón en que recostarte en alguna enfermería. Aunque por su misericordia infinita Dios te perdone, seguirás siendo en el mundo objeto de escarnio y maldición.

MARTA.— Encomienda tu alma a dios, lejos de mancharte la conciencia con blasfemias.

VALENTÍN.— Creería perdonados todos mis pecados con tan sólo poder caer sobre ti, infame medianera.

MARGARITA.— ¡Hermano mío, ten piedad de mi horrible sufrimiento!

VALENTÍN.— Deja de llorar sin objeto: tu falta ha sido para mí un golpe terrible… Cierra mis párpados el sueño de la muerte. ¡Quiera Dios apiadarse del soldado que trató de cumplir como honrado en todo lo posible!.

(Muere).

Nobel 2009

Al igual que en los Oscares, hablar de Alemania sigue siendo la clave.

Herta Müller

La Teoria del Todo

Dijera Nietzsche, Un texto puede desaparecer tras la interpretación. Eso fue lo que le ocurrió al texto de Hawking. Al menos en el afán de comprensión se aterrizó a algo positivo,  ya puedo transferir la culpa de todos los males a la segunda ley de la termodinámica.

Se puede imaginar que Dios creó el universo literalmente en cualquier momento en el pasado. Por el contrario, si el universo se está expandiendo, puede haber razones físicas de por qué tuvo que haber un comienzo. Se podría seguir creyendo que Dios creó  el universo en el instante del big bang. Incluso podía haberlo creado en un tiempo posterior de tal forma que pareciese que hubiera existido un big bang. Pero no tendría sentido suponer que fue creado antes del big bang. Un universo en expansión no excluye la figura de un creador, pero pone limites en cuando él podría haber realizado su obra.

Stephen Hawking

Intermitencias

Filosofar es aprender a morir. Michel de Montaigne

En la superficie se puede notar la fortaleza, o como sucede en la mayoría de los casos, su ausencia cuando ya se vislumbra el final. Es por esto que las iglesias no deben temer por adeptos de edades avanzadas, siempre las veremos repletas de provectos que a cambio de sus dientes el hada les tiene repleto los bolsillos con incertidumbre y miedo que los empuja, tristemente, en el  más modesto de los casos, a comer una ostia los domingos.

Ya no recuerdan, pero aún si los recordaran, ya no creerían en los cuentos que cuando niños se les contó, pero, sí creen que previo a la inexorable descomposición química que le espera a su cuerpo podrán huir a los cielos, allá donde el dolor es un chiste viejo. El miedo con su enorme poder construye un puente entre lo inverosímil y la realidad, y aunque nunca distinguieron el solo de un instrumento, ahora quieren su arpa para acariciarla por la eternidad y unas alas para volar cerca del sol como Ícaro.

Saramago, de mis personas favoritas, y no influye en nada su habilidad con las letras en mi admiración; es su humor lo que siempre me impresionara, un humor tan difícil de alcanzar, que sólo lo he visto en un par de personas, personas capaces de predecir el destino, de esas que se preparan para recibir el sol del nuevo día aunque vean las nubes de la tormenta. Soberbio el toque agradable que le da a algo visto tan serio por mucha gente, por lo menos, por aquellos que se ponen a pensar en ello con ánimos de llegar a la profundidad de su significado, incluso eludirlo.

El libro más nuevo que he tenido nunca.

Hasta donde mi imaginación alcanza, todavía veo otra muerte, la última, la suprema, Cúal, La que tendrá que destruir el universo, esa que realmente merece el nombre de muerte, aunque cuando esto suceda ya no haya nadie para pronunciarlo.

José Saramago

Firmin

Si hubiera llevado un diario del dolor, la única anotación habría sido una palabra: yo.

Philip Roth

Voy a abrirle mi corazón: el impulso de violar a mi hermana en un callejón fue el último momento de deseo sexual normal y corriente que he experimentado en mi vida. Aquella noche, al salir, yo era, a pesar de mi inteligencia, un macho bastante común. Al volver ya estaba muy adelantado el proceso por el que me transformaría en un pervertido, en un fenómeno de feria.

Si hay algo para lo que resulte útil una formación literaria, es para dotarlo a uno de un sentido de la catástrofe. No hay nada como una imaginación vívida para desvitalizarle a uno el valor.

Me di cuenta, por supuesto, de que la intensidad del dolor guardaba una proporción exacta con lo enorme de mi vanidad, pero ese pensamiento sólo contribuyo a empeorar las cosas. No sólo feo, sino también vanidoso, con lo cual añadíamos el ridículo al total de mis talentos.

Los demás miembros de mi familia fueron muy afortunados, en cierto modo. Gracias a la enanez de su imaginación y el corto alcance de su memoria, no era gran cosa lo que pedían: más que nada, comida y fornicación, y de ambas dispusieron en cantidad suficiente como para ir tirando mientras les duró la vida. Pero eso no era vida para mí. Como cualquier idiota, tenía aspiraciones.

Malo es el amor no correspondido; pero lo que verdaderamente puede hundirlo a uno es el amor no correspondible.

La vida es un cuento narrado para un idiota.

A lo más que llegaba era a una especie de tartamudeo digital. Me plantaba delante del espejo, a pesar de lo doloroso que ello me resultaba, y, balanceándome en el borde del lavabo, hacía todo lo posible por decir en signos: «¿Qué te gusta leer?».

Beth

La lesbiana más sexy del universo.

Levedad Insoportable

“Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora.”

Estaba Milan Kundera hablando cuando hago una pausa y surge la duda a medias: ¿Qué fue primero?. Apuesto que fue primero el titulo. Una vez que dio luz a tal combinación de letras no le quedo otra opción que tomar la responsabilidad del paquete completo. Apuesto que esbozo una sonrisa cuando concibió en el titulo. Apuesto que repaso capitulo por capitulo para comprobar la  resistencia y profundidad del mismo, que no dejaría rastro o premisa que el libro no era reciproco al titulo. Y así transcurre a lo largo y ancho de la historia siempre midiendo la intensidad. Aun así, con ese cuidado, siento, y pude llegar a señalarlas, ciertas partes donde olvidaba el titulo y escribía justamente con lo leve del ser y de repente surgía de nuevo el imperativo de lograr algo equivalente al peso de su titulo. El libro entraría por los ojos, solo bastaba colocarlo en la posición correcta. Y en cuanto a su contenido, supongo yo, Milan Kundera le debía explicaciones a más de una persona. De los mejores títulos para un libro, tendría que ser éste realmente malo para poder arruinarlo. Incluso, por ese titulo lo hubiese leído aunque fuese escrito por Stephanie Meyer.

Pero ¿es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad? La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.

La insoportable levedad del ser. Milan Kundera

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