La Conquista de la Felicidad

Conocí a Bertrand Russell en un Zigzag, Gilles Deleuze hablando mal de Wittgenstein en su abecedario y luego Wittgenstein diciendo en su Tractatus Logico-Philosophicus que le debía gran parte de su trabajo a ideas de Bertrand.

El animal humano, igual que los demás, está adaptado a cierto grado de lucha por la vida, y cuando su riqueza permite a un Homo Sapiens satisfacer sin esfuerzo todos sus caprichos, la mera ausencia de esfuerzo le  quita a su vida un ingrediente imprescindible de la felicidad.

A todos los jóvenes con talento que van por ahí convencidos de que no tienen nada que hacer en el mundo, yo les diría: «Deja de intentar escribir y en cambio intenta no escribir. Sal al mundo, hazte pirata, rey en Borneo u obrero en Rusia soviética; Búscate una existencia en que la satisfacción de necesidades físicas elementales ocupe todas tus energías». Creo que al cabo de unos años de vivir así el ex intelectual encontrara que, a pesar de sus esfuerzos, ya no puede contener su afán de escribir y cuando llegue ese momento, lo que escriba ya no le parecerá tan fútil.

Hemos alcanzado una fase de la evolución que no es la fase final. Hay que atravesarla rápidamente, porque, si no, casi todos pereceremos por el camino y los demás quedaran perdidos en un bosque de dudas y miedos. Así pues, la envidia, por mala que sea y por terribles que sean sus efectos, no es algo totalmente diabólico. En parte, es la manifestación de un dolor heroico, el dolor de los que caminan a ciegas por la noche, puede que hacía un refugio mejor, puede que hacia la muerte y la destrucción. Para encontrar el camino que le permita salir de esta desesperación, el hombre civilizado debe desarrollar su corazón, tal como ha desarrollado su cerebro. Debe a trascender de sí mismo, y de este modo adquirirá la libertad del universo.

Bertrand Russell, La Conquista de la Felicidad

Copying Beethoven



CAÍN

Que has hecho con tu hermano, preguntó, y caín respondió con otra pregunta, Soy yo acaso el guardaespaldas de mi hermano, Lo has matado, Así es, pero el primer culpable eres tú, yo habría dado mi vida por su vida si tú no hubieses destruido la mía, Quise ponerte a prueba, Y quién eres para poner a prueba lo que tú mismo has creado, Soy el dueño soberano de todas las cosas, Y de todos los seres, dirás, pero no de mi persona ni de mi libertad, Libertad para matar, Como tú fuiste libre para dejar que matara a abel cuando estaba en tus manos evitarlo, hubiera bastado que durante un momento abandonaras la soberbia de la infalibilidad que compartes con todos los demás dioses, hubiera bastado que por un momento fueses de verdad misericordioso, que aceptases mi ofrenda con humildad, simplemente porque no deberías  rechazarla, porque los dioses, y tú como todos los otros, tenéis deberes para con aquellos a quienes decís que habéis creado, Ese discurso es sedicioso, Es posible que lo sea, pero te garantizo que, si yo fuera dios, diría todos los días, Benditos sean los que eligieron la sedición porque de ellos será el reino de la tierra, Sacrilegio, Lo será, pero en cualquier caso nunca mayor que el tuyo, que permitiste que abel muriera, Tú has sido quien lo ha matado, Sí, es verdad, yo fui el brazo ejecutor, pero la sentencia fue dictada por ti, La sangre que está ahí no la derramé yo, caín podía haber elegido entre el bien y el mal, si eligió el mal pagará por eso, Tan ladrón es el va a la viña como el que se queda vigilando al guarda, dijo caín.

Llévate contigo a tu único hijo, isaac, a quien tanto quieres, vete a la región del moria, y me lo ofreces en sacrificio sobre uno de los montes que te indicaré. El lector ha leído bien, el señor ordenó a abraham que le sacrificase al propio hijo, con la mayor simplicidad lo hizo, como quien pide un vaso de agua cuando se tiene sed, lo que significa que era costumbre suya, y muy arraigada. Lo lógico, lo natural, lo simplemente humano hubiera sido que abraham mandara al señor a la mierda, pero no fue así. A la mañana siguiente, el desnaturalizado padre se levantó temprano para poner los arreos en el burro, preparó la leña para el fuego del sacrificio y se puso en camino hacia el lugar que el señor le había indicado, llevando consigo dos criados y a su hijo isaac. Al tercer día de viaje, abraham vio de lejos el sitio señalado. Les dijo entonces a los criados, Quedaos aquí con el burro que yo voy hasta más arriba con el niño para adorar al señor y después regresaremos hasta donde estáis. Es decir, además de ser tan hijo de puta como el señor, abraham era un refinado mentiroso, dispuesto a engañar a cualquiera con su lengua bífida.

José Saramago, Caín

Goethe a Harry

“Hijo mío, tomas muy en serio al anciano Goethe. A los viejos, que ya se han muerto, no se les puede tomar en serio, eso
sería no hacerles justicia. A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la burla. La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hiperestimación del tiempo. Igualmente yo estimé mucho en mis días el valor del tiempo, por eso quería llegar a los cien años. En la eternidad, empero, no hay tiempo, como ves: la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma.”

“Hijo mío, tomas muy en serio al anciano Goethe. A los viejos, que ya se han muerto, no se les puede tomar en serio, eso sería no hacerles justicia. A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la burla. La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hiperestimación del tiempo. Igualmente yo estimé mucho en mis días el valor del tiempo, por eso quería llegar a los cien años. En la eternidad, empero, no hay tiempo, como ves: la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma.”

Hermann Hesse, El Lobo Estepario

Felices 87 Saramago

Saramago festeja sus 87 años creando polémica con Caín.

No soy un escritor de temas religiosos, pero eso no significa que la religión no me interese. ¿Cómo podría no interesarme algo que ha hecho de nosotros las personas que somos? Aunque no seamos creyentes, la religión está en el aire, la respiramos. No se puede ignorar.
Es muy fácil condenar a Caín por fratricidio y yo tampoco lo absuelvo, que quede claro. Lo que hago es poner una parte de la culpa en Dios: Él, que todo lo sabe, podría haber evitado eso. Su responsabilidad es que, cuando los dos hermanos le ofrecen los productos de su trabajo, Caín, al ser agricultor, le ofrece verduras, y Abel, como es ganadero, le regala carne. Dios queda encantado con la grasa del cordero ardiendo en la hoguera… y desprecia las ofrendas de Caín. ¿Qué clase de dios es este que, para enaltecer a uno, desprecia a otro, de una manera tan provocadora? Caín es humillado por Dios y mata a su hermano porque no puede matar a Dios, que es lo que quisiera.
“Ser Dios no es tan fácil como creéis”. Si nosotros fuéramos tan infalibles e inmaculados, habríamos creado un Dios así. Pero los hombres hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza, no al revés. Por eso es tan cruel, mala persona y vengativo.

Yo soy ateo y me siento incapaz, incluso haciendo un esfuerzo mental, de creer en Dios, de acercarme a esa sensación. Y, en mi caso, nunca he tenido ninguna duda sobre las consecuencias enormemente negativas y nefastas de la existencia de religiones, que inevitablemente se oponen las unas a las otras. Matar, matar, matar… eso es lo que han hecho a lo largo de la historia, no hay nada qué añadir a su historial sangriento.

No soy un escritor de temas religiosos, pero eso no significa que la religión no me interese. ¿Cómo podría no interesarme algo que ha hecho de nosotros las personas que somos? Aunque no seamos creyentes, la religión está en el aire, la respiramos. No se puede ignorar.

Es muy fácil condenar a Caín por fratricidio y yo tampoco lo absuelvo, que quede claro. Lo que hago es poner una parte de la culpa en Dios: Él, que todo lo sabe, podría haber evitado eso. Su responsabilidad es que, cuando los dos hermanos le ofrecen los productos de su trabajo, Caín, al ser agricultor, le ofrece verduras, y Abel, como es ganadero, le regala carne. Dios queda encantado con la grasa del cordero ardiendo en la hoguera… y desprecia las ofrendas de Caín. ¿Qué clase de dios es este que, para enaltecer a uno, desprecia a otro, de una manera tan provocadora? Caín es humillado por Dios y mata a su hermano porque no puede matar a Dios, que es lo que quisiera.

“Ser Dios no es tan fácil como creéis”. Si nosotros fuéramos tan infalibles e inmaculados, habríamos creado un Dios así. Pero los hombres hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza, no al revés. Por eso es tan cruel, mala persona y vengativo.

Yo soy ateo y me siento incapaz, incluso haciendo un esfuerzo mental, de creer en Dios, de acercarme a esa sensación. Y, en mi caso, nunca he tenido ninguna duda sobre las consecuencias enormemente negativas y nefastas de la existencia de religiones, que inevitablemente se oponen las unas a las otras. Matar, matar, matar… eso es lo que han hecho a lo largo de la historia, no hay nada qué añadir a su historial sangriento.

José Saramago

Harry a Goethe

——Usted, señor Goethe, como todos los extraordinarios espíritus ha sentido perfectamente el problema, la desesperanza de la vida humana: la magnificencia del momento y su desgraciado agostarse, la dificultad de corresponder a una prominente excelsitud del sentimiento de otro modo que con la cárcel de lo cotidiano, la aspiración ardiente hacia el reino del espíritu que está en eterna lucha a muerte con el amor también ardiente y santo a la perdida inocencia de la naturaleza, todo este terrible flotar en el vacío y en la inseguridad, este estar condenado a lo fugaz, a lo insuficiente, a lo perpetuamente en ensayo y diletantesco, en suma, a toda la falta de horizontes y de comprensión y la desesperación angustiosa de la naturaleza humana.
Todo lo anterior ha sido de su conocimiento y en cierta ocasión se ha manifestado a favor de ello, y, no obstante con toda su vida ha predicado lo contrario, ha expresado fe y optimismo, ha simulado a sí mismo y a los demás una inmortalidad y un sentido a nuestros esfuerzos espirituales. Usted ha rechazado y agobiado a quienes profesan una profundidad de pensamiento y a las voces de la desesperada verdad, lo mismo en usted que en Kleist y en Beethoven. Durante varios decenios ha actuado como si el amontonamiento de ciencia y de colecciones, el escribir y conservar cartas y toda su dilatada existencia en Weimar fuera, efectivamente, un camino para perpetuar el momento que en el fondo usted sólo logra momificar, para espiritualizar a la naturaleza, a la que sólo conseguía estilizar en caricatura. Ésta es la insinceridad que le echamos en cara.

—Usted, señor Goethe, como todos los extraordinarios espíritus ha sentido perfectamente el problema, la desesperanza de la vida humana: la magnificencia del momento y su desgraciado agostarse, la dificultad de corresponder a una prominente excelsitud del sentimiento de otro modo que con la cárcel de lo cotidiano, la aspiración ardiente hacia el reino del espíritu que está en eterna lucha a muerte con el amor también ardiente y santo a la perdida inocencia de la naturaleza, todo este terrible flotar en el vacío y en la inseguridad, este estar condenado a lo fugaz, a lo insuficiente, a lo perpetuamente en ensayo y diletantesco, en suma, a toda la falta de horizontes y de comprensión y la desesperación angustiosa de la naturaleza humana.

Todo lo anterior ha sido de su conocimiento y en cierta ocasión se ha manifestado a favor de ello, y, no obstante con toda su vida ha predicado lo contrario, ha expresado fe y optimismo, ha simulado a sí mismo y a los demás una inmortalidad y un sentido a nuestros esfuerzos espirituales. Usted ha rechazado y agobiado a quienes profesan una profundidad de pensamiento y a las voces de la desesperada verdad, lo mismo en usted que en Kleist y en Beethoven. Durante varios decenios ha actuado como si el amontonamiento de ciencia y de colecciones, el escribir y conservar cartas y toda su dilatada existencia en Weimar fuera, efectivamente, un camino para perpetuar el momento que en el fondo usted sólo logra momificar, para espiritualizar a la naturaleza, a la que sólo conseguía estilizar en caricatura. Ésta es la insinceridad que le echamos en cara.

Hermann Hesse, El Lobo Estepario

Steppenwolf

Y caminamos encontrándonos sin reconocernos, dejamos vida en cada objeto que se topa en el camino, posterior lo olvidamos para poder continuar el viaje hacia nosotros mismos, durante el cual, muy a pesar de los personajes que contribuyen mostrándonos algunas de nuestras piezas, la frustración de no poder determinar nuestra forma final destruye el entusiasmo del pequeño progreso, ese inmenso rompecabezas que representamos mientras nos esforzamos en respirar a un mundo que nos resulta hostil desde su más pura esencia, por no tener un juez justo, algo que en definitiva no existirá, empero, siempre estamos exigiéndolo, no deja otra opción más que crear una capa extra a la superficie, para poder caminar sin esa pesadez inherente a la obligación de vivir. El lobo estepario, sólo para locos, la entrada cuesta la razón.

¡Ah, no es fácil hallar ese rastro de Dios en medio de esta vida, en medio de esta centuria tan conformista, tan burguesa, tan carente de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres! ¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre ermitaño en medio de un mundo, con cuyos fines y deleites no estoy de acuerdo ni me atraen?
Para nada sirve pensar, ni decir, ni escribir nada humano, no tiene sentido dar vueltas a buenas ideas dentro la cabeza; para dos o tres hombres que hacen esto; hay día por día miles de publicaciones, discursos, sesiones públicas y secretas, que aspiran a lo contrario y lo consiguen.

¡Ah, no es fácil hallar ese rastro de Dios en medio de esta vida, en medio de esta centuria tan conformista, tan burguesa, tan carente de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres! ¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre ermitaño en medio de un mundo, con cuyos fines y deleites no estoy de acuerdo ni me atraen?

Para nada sirve pensar, ni decir, ni escribir nada humano, no tiene sentido dar vueltas a buenas ideas dentro la cabeza; para dos o tres hombres que hacen esto; hay día por día miles de publicaciones, discursos, sesiones públicas y secretas, que aspiran a lo contrario y lo consiguen.

Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura 1946

Fausto y Mefistofeles

FAUSTO.— ¿Ves en el cielo aquella lámpara eterna que aunque oscila en todo momento es cada vez más densa la oscuridad que le rodea? Pues de esa manera reina siempre la noche en mi alma.
MEFISTÓFELES.— En cuanto a mí, soy como el gato flaco que se rasca al escurrirse por la pared, sin faltarle su fuerza instintiva. Siento aún el estremecimiento de mi cuerpo al recordar la hermosa noche de Walpurgis: pasado mañana se repetirá y ahí al menos se sabe por qué se veía.
FAUSTO.— ¿Tardará mucho en aparecer a la luz aquel tesoro que vi brillar debajo de la Tierra?
MEFISTÓFELES.— Tendrás en breve el placer de hacerte con el cofrecito al que a últimas fechas he echado ojo y que contiene hermosos escudos.
FAUSTO.— ¿Y no hay ninguna joya, ni un anillo al menos, para adornar a mi amada?
MEFISTÓFELES.— Sí, creo haber visto en él una especie de collar de perlas.
FAUSTO.— Extraordinario, pues sentiría mucho visitarla sin llevar para ella algo en las manos.
MEFISTÓFELES.— Creo que no te molestará pasar un buen rato sin que te cueste nada. Ahora que el cielo brilla con todas sus estrellas vas a oír una obra maestra: es una canción moral que va a robarle el juicio.
(Canta acompañado por la bandolina).
“¿Por qué así pasas la noche aguardando al ser que sólo se finge enamorado para lograr tu deshonor? No escuches más sus falsas promesas, si no quieres perder un bien preciado que el arrepentimiento y el llanto no te devolverán. Pobre débiles criaturas, ¡qué cobarde y a traición se te seduce! Si deseas evitar los lazos que la traición te extiende, sospecha de todos los hombres y no des a ninguno tu favor hasta que haya jurado eterna fe frente al altar”
VALENTÍN se adelanta.— ¿A quién acechas aquí, maldito cazador de ratones? Empieza por soltar tu instrumento que mandaré en el acto al músico a todos los diablos.
MEFISTÓFELES.— La guitarra está hecha pedazos y no puede contarse con ella.
VALENTÍN.— Pues sólo falta ya rompernos el alma.
MEFISTÓFELES, a Fausto.— Doctor, no te precipites: colócate a mi lado y espera a que te dirija. ¡Empuña la espada y avanza, que yo pararé el golpe!
VALENTÍN.— ¡Detén pues éste!
MEFISTÓFELES.— ¿Por qué no?
VALENTÍN.— ¿Y ésta?
MEFISTÓFELES.— Del mismo modo.
VALENTÍN.— Creo enfrentarme al mismo diablo. ¿Qué sucede? ¡Mi mano se paraliza!
MEFISTÓFELES.— Avanza.
VALENTÍN, cae.— ¡Ay de mí!
MEFISTÓFELES.— Ya está domesticado mi feroz campesino. Ahora marchemos de inmediato, porque oigo gritar: “Al asesino”. Yo me las compongo bien con la policía, pero no sé entenderme con los jueces.
MARTA, en la ventana.— ¡Socorro! ¡Socorro!
MARGARITA, también en la ventana.— ¡Una luz aquí!
MARTA, gritando.— Pelean, gritan, llaman y se baten.
EL PUEBLO.— Hay un muerto.
MARTA, saliendo.— ¿Quién es el muerto?
EL PUEBLO.— El hijo de tu madre.
MARGARITA.— ¡Dios todopoderoso! ¡Qué desgracia!
VALENTÍN.— ¡Me muero y creo que será muy pronto! ¿Por qué están aquí, ¡oh mujeres!, dando esos gritos y lamentos? Vengan y escúchenme.
(Todos lo rodean).
Margarita, bien lo ves, eres joven y te falta práctica para arreglar tus asuntos; te lo digo con confianza, ya que eres una mujer perdida, sélo por completo.
MARGARITA.— ¡Dios mío! Hermano, ¿qué es lo que dices?
VALENTÍN.— No mezcles a Dios Nuestro Señor en esto. Lo hecho, hecho está y lo que ha de suceder sucederá. Empezaste por amar en secreto a un hombre, luego amarás a otros y terminarás por amarlos a todos. La vergüenza, al nacer, se ocultó ya con cierto misterio, se cubrió con el velo de la noche y hasta hubiera querido ahogarse a sí misma; pero conforme fue creciendo, empezó a mostrarse en público y, sin embargo, a pesar de que su rostro era cada vez más horrible y repulsivo, sólo desea ya ostentar sus tristes galas a luz del sol. En poco tiempo toda la gente honrada huirá de ti como de un cuerpo muerto y tendrás cada vez que te miren cara a cara una confusión enorme que te estremecerá hasta la medula ósea. No habrá ya entonces para ti ni cadena de oro, ni banco en la iglesia, ni traje que atraiga en el baile todas las miradas; tendrás tan solo un pobre jergón en que recostarte en alguna enfermería. Aunque por su misericordia infinita Dios te perdone, seguirás siendo en el mundo objeto de escarnio y maldición.
MARTA.— Encomienda tu alma a dios, lejos de mancharte la conciencia con blasfemias.
VALENTÍN.— Creería perdonados todos mis pecados con tan sólo poder caer sobre ti, infame medianera.
MARGARITA.— ¡Hermano mío, ten piedad de mi horrible sufrimiento!
VALENTÍN.— Deja de llorar sin objeto: tu falta ha sido para mí un golpe terrible… Cierra mis párpados el sueño de la muerte. ¡Quiera Dios apiadarse del soldado que trató de cumplir como honrado en todo lo posible!.
(Muere).

FAUSTO.— ¿Ves en el cielo aquella lámpara eterna que aunque oscila en todo momento es cada vez más densa la oscuridad que le rodea? Pues de esa manera reina siempre la noche en mi alma.

MEFISTÓFELES.— En cuanto a mí, soy como el gato flaco que se rasca al escurrirse por la pared, sin faltarle su fuerza instintiva. Siento aún el estremecimiento de mi cuerpo al recordar la hermosa noche de Walpurgis: pasado mañana se repetirá y ahí al menos se sabe por qué se veía.

FAUSTO.— ¿Tardará mucho en aparecer a la luz aquel tesoro que vi brillar debajo de la Tierra?

MEFISTÓFELES.— Tendrás en breve el placer de hacerte con el cofrecito al que a últimas fechas he echado ojo y que contiene hermosos escudos.

FAUSTO.— ¿Y no hay ninguna joya, ni un anillo al menos, para adornar a mi amada?

MEFISTÓFELES.— Sí, creo haber visto en él una especie de collar de perlas.

FAUSTO.— Extraordinario, pues sentiría mucho visitarla sin llevar para ella algo en las manos.

MEFISTÓFELES.— Creo que no te molestará pasar un buen rato sin que te cueste nada. Ahora que el cielo brilla con todas sus estrellas vas a oír una obra maestra: es una canción moral que va a robarle el juicio.

(Canta acompañado por la bandolina).

“¿Por qué así pasas la noche aguardando al ser que sólo se finge enamorado para lograr tu deshonor? No escuches más sus falsas promesas, si no quieres perder un bien preciado que el arrepentimiento y el llanto no te devolverán. Pobre débiles criaturas, ¡qué cobarde y a traición se te seduce! Si deseas evitar los lazos que la traición te extiende, sospecha de todos los hombres y no des a ninguno tu favor hasta que haya jurado eterna fe frente al altar”

VALENTÍN se adelanta.— ¿A quién acechas aquí, maldito cazador de ratones? Empieza por soltar tu instrumento que mandaré en el acto al músico a todos los diablos.

MEFISTÓFELES.— La guitarra está hecha pedazos y no puede contarse con ella.

VALENTÍN.— Pues sólo falta ya rompernos el alma.

MEFISTÓFELES, a Fausto.— Doctor, no te precipites: colócate a mi lado y espera a que te dirija. ¡Empuña la espada y avanza, que yo pararé el golpe!

VALENTÍN.— ¡Detén pues éste!

MEFISTÓFELES.— ¿Por qué no?

VALENTÍN.— ¿Y ésta?

MEFISTÓFELES.— Del mismo modo.

VALENTÍN.— Creo enfrentarme al mismo diablo. ¿Qué sucede? ¡Mi mano se paraliza!

MEFISTÓFELES.— Avanza.

VALENTÍN, cae.— ¡Ay de mí!

MEFISTÓFELES.— Ya está domesticado mi feroz campesino. Ahora marchemos de inmediato, porque oigo gritar: “Al asesino”. Yo me las compongo bien con la policía, pero no sé entenderme con los jueces.

MARTA, en la ventana.— ¡Socorro! ¡Socorro!

MARGARITA, también en la ventana.— ¡Una luz aquí!

MARTA, gritando.— Pelean, gritan, llaman y se baten.

EL PUEBLO.— Hay un muerto.

MARTA, saliendo.— ¿Quién es el muerto?

EL PUEBLO.— El hijo de tu madre.

MARGARITA.— ¡Dios todopoderoso! ¡Qué desgracia!

VALENTÍN.— ¡Me muero y creo que será muy pronto! ¿Por qué están aquí, ¡oh mujeres!, dando esos gritos y lamentos? Vengan y escúchenme.

(Todos lo rodean).

Margarita, bien lo ves, eres joven y te falta práctica para arreglar tus asuntos; te lo digo con confianza, ya que eres una mujer perdida, sélo por completo.

MARGARITA.— ¡Dios mío! Hermano, ¿qué es lo que dices?

VALENTÍN.— No mezcles a Dios Nuestro Señor en esto. Lo hecho, hecho está y lo que ha de suceder sucederá. Empezaste por amar en secreto a un hombre, luego amarás a otros y terminarás por amarlos a todos. La vergüenza, al nacer, se ocultó ya con cierto misterio, se cubrió con el velo de la noche y hasta hubiera querido ahogarse a sí misma; pero conforme fue creciendo, empezó a mostrarse en público y, sin embargo, a pesar de que su rostro era cada vez más horrible y repulsivo, sólo desea ya ostentar sus tristes galas a luz del sol. En poco tiempo toda la gente honrada huirá de ti como de un cuerpo muerto y tendrás cada vez que te miren cara a cara una confusión enorme que te estremecerá hasta la medula ósea. No habrá ya entonces para ti ni cadena de oro, ni banco en la iglesia, ni traje que atraiga en el baile todas las miradas; tendrás tan solo un pobre jergón en que recostarte en alguna enfermería. Aunque por su misericordia infinita Dios te perdone, seguirás siendo en el mundo objeto de escarnio y maldición.

MARTA.— Encomienda tu alma a dios, lejos de mancharte la conciencia con blasfemias.

VALENTÍN.— Creería perdonados todos mis pecados con tan sólo poder caer sobre ti, infame medianera.

MARGARITA.— ¡Hermano mío, ten piedad de mi horrible sufrimiento!

VALENTÍN.— Deja de llorar sin objeto: tu falta ha sido para mí un golpe terrible… Cierra mis párpados el sueño de la muerte. ¡Quiera Dios apiadarse del soldado que trató de cumplir como honrado en todo lo posible!.

(Muere).

Nobel 2009

Al igual que en los Oscares, hablar de Alemania sigue siendo la clave.

Herta Müller

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