Conductor

Siendo esta mi última noche en Londres, aprovecho para decirles a mis detractores que yo rezo por todos, incluso por aquellos que se acercan al muy sobrevalorado escepticismo. La sed de venganza acumulada en el mundo es incapaz de arrodillar a mi bondad. La duda infundada, la aversión a la fe y todas esas poses ridículas carecen de algo que a mí me sobra y lejos de ser lo que seguramente están pensando, les aseguro que no estoy hablando de la razón, a lo que yo me refiero es que lo mío, incorrecto o no, es verdadero, brotó natural, emanó sin causa, solamente se produjo el efecto sin haber causa, nadie me transfirió nada, desperté así, a diferencia de mis enemigos que han sido embrujados por letras y sonidos de otros, la mayoría son títeres de ideales absurdos, y apuesto que muchos de ellos son inverosímiles aun para los autores originales que seguramente ríen a carcajadas al ver como esas piedras que arrojaron sí alborotaron al rebaño. Es mi última noche en este mundo pero no todo esta perdido, veo luces de vez en cuando, veo creencias, veo fe ciega y me siento como el primer día en que tome esa píldora agria de la espiritualidad, lleno de paz y esperanza. Muy a pesar de toda la arena que levantan para esconder el camino, todo el sufrimiento que provocan para probar la razón, cuando por la Razón y su amigo el Ego muchísima gente a sufrido las consecuencias de su referencia, y nadie ha salido beneficiado hablando en términos de utilidad a la humanidad como un conjunto. Pero mi perdón es una pistola de seis tiros y he gastado con ustedes ya cinco, ahora solo tenemos que acompañar nuestra discusión jugando el único deportes de hombres, la ruleta rusa. Mientras ustedes perderán su vida ya desperdiciada yo expondré lo maravilloso de la mía, en cierta forma tienen ventaja, pero a la sinceridad siempre le toca perder, el ganar es para los débiles, ya estoy sobrio de esas vejaciones, en el boulevard de lo moral voy más adelantado y seguramente este próximo noviembre abre alcanzado el suspiro del crimen autoinfligido, pero no le tengo miedo al tímido destino. Los bendigo mientras me maldicen.

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