Revolutionary Road

First 27

¿A qué te dedicas en la vida?

No, no me refiero a cómo ganas dinero.

Goethe a Harry

“Hijo mío, tomas muy en serio al anciano Goethe. A los viejos, que ya se han muerto, no se les puede tomar en serio, eso
sería no hacerles justicia. A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la burla. La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hiperestimación del tiempo. Igualmente yo estimé mucho en mis días el valor del tiempo, por eso quería llegar a los cien años. En la eternidad, empero, no hay tiempo, como ves: la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma.”

“Hijo mío, tomas muy en serio al anciano Goethe. A los viejos, que ya se han muerto, no se les puede tomar en serio, eso sería no hacerles justicia. A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la burla. La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hiperestimación del tiempo. Igualmente yo estimé mucho en mis días el valor del tiempo, por eso quería llegar a los cien años. En la eternidad, empero, no hay tiempo, como ves: la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma.”

Hermann Hesse, El Lobo Estepario

Felices 87 Saramago

Saramago festeja sus 87 años creando polémica con Caín.

No soy un escritor de temas religiosos, pero eso no significa que la religión no me interese. ¿Cómo podría no interesarme algo que ha hecho de nosotros las personas que somos? Aunque no seamos creyentes, la religión está en el aire, la respiramos. No se puede ignorar.
Es muy fácil condenar a Caín por fratricidio y yo tampoco lo absuelvo, que quede claro. Lo que hago es poner una parte de la culpa en Dios: Él, que todo lo sabe, podría haber evitado eso. Su responsabilidad es que, cuando los dos hermanos le ofrecen los productos de su trabajo, Caín, al ser agricultor, le ofrece verduras, y Abel, como es ganadero, le regala carne. Dios queda encantado con la grasa del cordero ardiendo en la hoguera… y desprecia las ofrendas de Caín. ¿Qué clase de dios es este que, para enaltecer a uno, desprecia a otro, de una manera tan provocadora? Caín es humillado por Dios y mata a su hermano porque no puede matar a Dios, que es lo que quisiera.
“Ser Dios no es tan fácil como creéis”. Si nosotros fuéramos tan infalibles e inmaculados, habríamos creado un Dios así. Pero los hombres hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza, no al revés. Por eso es tan cruel, mala persona y vengativo.

Yo soy ateo y me siento incapaz, incluso haciendo un esfuerzo mental, de creer en Dios, de acercarme a esa sensación. Y, en mi caso, nunca he tenido ninguna duda sobre las consecuencias enormemente negativas y nefastas de la existencia de religiones, que inevitablemente se oponen las unas a las otras. Matar, matar, matar… eso es lo que han hecho a lo largo de la historia, no hay nada qué añadir a su historial sangriento.

No soy un escritor de temas religiosos, pero eso no significa que la religión no me interese. ¿Cómo podría no interesarme algo que ha hecho de nosotros las personas que somos? Aunque no seamos creyentes, la religión está en el aire, la respiramos. No se puede ignorar.

Es muy fácil condenar a Caín por fratricidio y yo tampoco lo absuelvo, que quede claro. Lo que hago es poner una parte de la culpa en Dios: Él, que todo lo sabe, podría haber evitado eso. Su responsabilidad es que, cuando los dos hermanos le ofrecen los productos de su trabajo, Caín, al ser agricultor, le ofrece verduras, y Abel, como es ganadero, le regala carne. Dios queda encantado con la grasa del cordero ardiendo en la hoguera… y desprecia las ofrendas de Caín. ¿Qué clase de dios es este que, para enaltecer a uno, desprecia a otro, de una manera tan provocadora? Caín es humillado por Dios y mata a su hermano porque no puede matar a Dios, que es lo que quisiera.

“Ser Dios no es tan fácil como creéis”. Si nosotros fuéramos tan infalibles e inmaculados, habríamos creado un Dios así. Pero los hombres hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza, no al revés. Por eso es tan cruel, mala persona y vengativo.

Yo soy ateo y me siento incapaz, incluso haciendo un esfuerzo mental, de creer en Dios, de acercarme a esa sensación. Y, en mi caso, nunca he tenido ninguna duda sobre las consecuencias enormemente negativas y nefastas de la existencia de religiones, que inevitablemente se oponen las unas a las otras. Matar, matar, matar… eso es lo que han hecho a lo largo de la historia, no hay nada qué añadir a su historial sangriento.

José Saramago

Esfera Estetica

Si cuando vivimos, por ejemplo, la belleza de un paisaje intentásemos comunicarla y revelarla mediante operaciones intelectuales a otra persona que no sintiese la belleza, pronto veríamos que era un intento emprendido con medios inadecuados. Los valores estéticos no pueden percibirse intelectual ni discursivamente, sino sólo emocional e intuitivamente. Es cierta la sentencia del poeta: “Si no lo sentís, es inútil que lo queráis alcanzar”.

Juan Hessen, Teoría del Conocimiento.

Paradoja del Conde Fenix

En la famosa paradoja del Conde Fénix se dice que la regla absoluta del estado estará dada en función de la libertad absoluta de cada voluntad individual.

En la famosa paradoja del Conde Fénix se dice que la regla absoluta del estado estará dada en función de la libertad absoluta de cada voluntad individual.

El libro de la Ley

El Escultor

Él me lo platico:
Antes decía, alguien debería de verlo. Alguien debería amarme, pero después de que me interrogué, todo cambio.
Al igual que la mayoría de las personas de mi época yo tenía un pasatiempo, disfrutaba de esculpir. No, dejemos simplemente que algunas veces esculpía. También debo decir que rebasaba a un sencillo pasatiempo, en veces todo era rayano a lo obsesivo dependiendo de lo que extraía de mi relación sujeto-objeto. Ni en las letras, ni en la música o cualquier otro medio de expresión encontré ese punto exacto para describirme la naturaleza que me rodeaba, nada me parecía tan cercano a lo que veía vibrante y monocromático en mi cabeza, sólo modelando, forjando, sólo el mármol o el hierro hablaban la misma lengua que esas ideas que aparecían arrogantes y demandando vida.
Como suele suceder con la mayoría de los artistas, sus creaciones recorren un camino de subjetividad antes de llegar a los ojos de los demás, en todos los casos sólo existe una persona capaz de ofrecer el universo necesario para que eso creado pueda exponerse sin sentirse extraño, un lugar donde no sería un forastero incomprendido. Siendo mi arte no una excepción, constantemente solía quedar decepcionado por la apreciación de lado del publico. Decepción, la cual después adoptaría como la más fiel y única compañera.
La particularidad de mis obras reside en el detonante de la inspiración, es imposible usar el cincel sino conozco a alguien con el suficiente fulgor en el alma o alguna leve característica especial que me done la fuerza necesaria para que la mano izquierda ejecute el acercamiento a la visión.
Mi técnica, está mal que yo lo diga pero, es impecable, a pesar de ello siempre soy demasiado deshonesto, lo soy por mi inconformidad con la imperfección, nubla mi juicio y me hace olvidar la esencia de lo que ya existía antes de que yo lo mirara. Ha sido lo único que han reconocido en mí los de buena estatura intelectual, después de todo los inconformes son los que crean, los demás están felices con el estado de las cosas. Sin embargo ese continuar perpetuo en la tarea de mejorar el equilibrio establecido era, a la vez, lo que colocaba odio y amor en mi vida. No podía vivir sin amar y no podía hacerlo sin sentir la decepción inherente.
Se trata de un ciclo con marcadas limitantes dentro de su desarrollo, mientras reproduzco a la persona, mientras la mejoro, en el trayecto de crearle una historia, una por supuesto mejor, esta prohibido echar un vistazo al futuro. La pureza de la decepción siempre es necesaria, ni una mínima anticipación al futuro comportamiento, la decepción de esta forma es más sincera y acogedora.
El motivo de esta necesidad por la decepción comienza con la soledad, tal vez debí comenzar por aquí.
Para algunos la soledad resulta incolora, al menos para mí así era, todo el gris en las paredes del mundo me destruía. De ahí el por qué me resulta tan fácil enamorarme. Bastaba con un mínimo de atención, una sonrisa, una mirada del objeto, el aroma de la musa, una brisa nimia para renunciar al suelo y visitar el cielo en pleno día.
Antes de etiquetarme de ingenuo debo advertirte, que solamente en el principio fui así, desgraciadamente asesinaron al soñador que yo era,  después todo era parte de una ya dominada labor. Haría lo que siempre hacía. Iba a esculpir otra decepción. Voy a entregarme por completo, a grabar por entero mi talento, transformaría lo malo en bueno, la oscuridad se rendiría ante la luz del buril, sin importar los argumentos irrefutables, creía ser capaz de mejorar a cualquier persona, la mejoraría y ésta sumergida en un mar de gratitud quedaría imposibilitada de todo y me amaría.
Todo hombre con talento tiene esa vulnerabilidad. Todos los hombres talentosos siempre se enamoran. Su singularidad los hace creer que es un motivo para amarlo, que es fácil amarlo, que todos deberían de hacerlo.
Pero encontré la cura para esa regla que nunca se cumple. Un buen día novelándome mi propia historia, mi pasada historia, una y otra vez, recorriéndola paso a paso, reanimándola, de decepción a decepción, encontré que no existían momentos tan altos en emociones, eran la cumbre más alta que habían conocido mis sentidos, me hacían sentir tan vivo como nunca, el pecho ardiendo en las vergüenzas que probé con la lengua, impotente, frustradas situaciones, todo ese pesar me convirtió en un energúmeno irracional en el momento, pero también, irónicamente, le daba precisión a mi arte, jamás tenia tan claro lo que tenía que expresar como cuando las lagrimas llegaban hasta el mentón.
Con una celeridad disimulada impulsaba todo el afilado corazón directo al objetivo, éstos, escogidos cada vez más cuidadosamente, cada vez más hermosos, así siempre se trataría de una decepción más dolorosa y hermosa. Lo hacía todo esperando que me fallaran, que me rechazaran, para que esa desilusión cada vez más rígida me acompañara junto el marfil y una botella de vino, en esos momentos cuando la pasión amenazaba con destrozarme las costillas. Absolutamente nadie ha fallado fallándome y así me siento realmente pleno.

Él me lo platico:

Antes decía, alguien debería de verlo. Alguien debería amarme, pero después de que me interrogué, todo cambio.

Al igual que la mayoría de las personas de mi época yo tenía un pasatiempo, disfrutaba de esculpir. No, dejemos simplemente que algunas veces esculpía. También debo decir que rebasaba a un sencillo pasatiempo, en veces todo era rayano a lo obsesivo dependiendo de lo que extraía de mi relación sujeto-objeto. Ni en las letras, ni en la música o cualquier otro medio de expresión encontré ese punto exacto para describirme la naturaleza que me rodeaba, nada me parecía tan cercano a lo que veía vibrante y monocromático en mi cabeza, sólo modelando, forjando, sólo el mármol o el hierro hablaban la misma lengua que esas ideas que aparecían arrogantes y demandando vida.

Como suele suceder con la mayoría de los artistas, sus creaciones recorren un camino de subjetividad antes de llegar a los ojos de los demás, en todos los casos sólo existe una persona capaz de ofrecer el universo necesario para que eso creado pueda exponerse sin sentirse extraño, un lugar donde no sería un forastero incomprendido. Siendo mi arte no una excepción, constantemente solía quedar decepcionado por la apreciación de lado del publico. Decepción, la cual después adoptaría como la más fiel y única compañera.

La particularidad de mis obras reside en el detonante de la inspiración, es imposible usar el cincel sino conozco a alguien con el suficiente fulgor en el alma o alguna leve característica especial que me done la fuerza necesaria para que la mano izquierda ejecute el acercamiento a la visión.

Mi técnica, está mal que yo lo diga pero, es impecable, a pesar de ello siempre soy demasiado deshonesto, lo soy por mi inconformidad con la imperfección, nubla mi juicio y me hace olvidar la esencia de lo que ya existía antes de que yo lo mirara. Ha sido lo único que han reconocido en mí los de buena estatura intelectual, después de todo los inconformes son los que crean, los demás están felices con el estado de las cosas. Sin embargo ese continuar perpetuo en la tarea de mejorar el equilibrio establecido era, a la vez, lo que colocaba odio y amor en mi vida. No podía vivir sin amar y no podía hacerlo sin sentir la decepción inherente.

Se trata de un ciclo con marcadas limitantes dentro de su desarrollo, mientras reproduzco a la persona, mientras la mejoro, en el trayecto de crearle una historia, una por supuesto mejor, esta prohibido echar un vistazo al futuro. La pureza de la decepción siempre es necesaria, ni una mínima anticipación al futuro comportamiento, la decepción de esta forma es más sincera y acogedora.

El motivo de esta necesidad por la decepción comienza con la soledad, tal vez debí comenzar por aquí.

Para algunos la soledad resulta incolora, al menos para mí así era, todo el gris en las paredes del mundo me destruía. De ahí el por qué me resulta tan fácil enamorarme. Bastaba con un mínimo de atención, una sonrisa, una mirada del objeto, el aroma de la musa, una brisa nimia para renunciar al suelo y visitar el cielo sin haber muerto.

Antes de etiquetarme de ingenuo debo advertirte, que solamente en el principio fui así, desgraciadamente asesinaron al soñador que yo era,  después todo era parte de una ya dominada labor. Haría lo que siempre hacía. Iba a esculpir otra decepción. Voy a entregarme por completo, a grabar por entero mi talento, transformaría lo malo en bueno, la oscuridad se rendiría ante la luz del buril, sin importar los argumentos irrefutables, creía ser capaz de mejorar a cualquier persona, la mejoraría y ésta sumergida en un mar de gratitud quedaría imposibilitada de todo y me amaría.

Todo hombre con talento tiene esa vulnerabilidad. Todos los hombres talentosos siempre se enamoran. Su singularidad los hace creer que es un motivo para amarlo, que es fácil amarlo, que todos deberían de hacerlo.

Pero encontré la cura para esa regla que nunca se cumple. Un buen día novelándome mi propia historia, mi pasada historia, una y otra vez, recorriéndola paso a paso, reanimándola, de decepción a decepción, encontré que no existían momentos tan altos en emociones, eran la cumbre más alta que habían conocido mis sentidos, me hacían sentir tan vivo como nunca, el pecho ardiendo en las vergüenzas que probé con la lengua, impotente, frustradas situaciones, todo ese pesar me convirtió en un energúmeno irracional en el momento, pero también, irónicamente, le daba precisión a mi arte, jamás tenía tan claro lo que quería expresar como cuando las lagrimas llegaban hasta el mentón.

Con una celeridad disimulada impulsaba todo el afilado corazón directo al objetivo, éstos, escogidos cada vez más cuidadosamente, cada vez más hermosos, así siempre se trataría de una decepción más dolorosa y hermosa. Lo hacía todo esperando que me fallaran, que me rechazaran, para que esa desilusión cada vez más rígida me acompañara junto el marfil y una botella de vino, en esos momentos cuando la pasión amenaza con destrozarme las costillas. Absolutamente nadie ha fallado fallándome y así me siento realmente pleno.

Harry a Goethe

——Usted, señor Goethe, como todos los extraordinarios espíritus ha sentido perfectamente el problema, la desesperanza de la vida humana: la magnificencia del momento y su desgraciado agostarse, la dificultad de corresponder a una prominente excelsitud del sentimiento de otro modo que con la cárcel de lo cotidiano, la aspiración ardiente hacia el reino del espíritu que está en eterna lucha a muerte con el amor también ardiente y santo a la perdida inocencia de la naturaleza, todo este terrible flotar en el vacío y en la inseguridad, este estar condenado a lo fugaz, a lo insuficiente, a lo perpetuamente en ensayo y diletantesco, en suma, a toda la falta de horizontes y de comprensión y la desesperación angustiosa de la naturaleza humana.
Todo lo anterior ha sido de su conocimiento y en cierta ocasión se ha manifestado a favor de ello, y, no obstante con toda su vida ha predicado lo contrario, ha expresado fe y optimismo, ha simulado a sí mismo y a los demás una inmortalidad y un sentido a nuestros esfuerzos espirituales. Usted ha rechazado y agobiado a quienes profesan una profundidad de pensamiento y a las voces de la desesperada verdad, lo mismo en usted que en Kleist y en Beethoven. Durante varios decenios ha actuado como si el amontonamiento de ciencia y de colecciones, el escribir y conservar cartas y toda su dilatada existencia en Weimar fuera, efectivamente, un camino para perpetuar el momento que en el fondo usted sólo logra momificar, para espiritualizar a la naturaleza, a la que sólo conseguía estilizar en caricatura. Ésta es la insinceridad que le echamos en cara.

—Usted, señor Goethe, como todos los extraordinarios espíritus ha sentido perfectamente el problema, la desesperanza de la vida humana: la magnificencia del momento y su desgraciado agostarse, la dificultad de corresponder a una prominente excelsitud del sentimiento de otro modo que con la cárcel de lo cotidiano, la aspiración ardiente hacia el reino del espíritu que está en eterna lucha a muerte con el amor también ardiente y santo a la perdida inocencia de la naturaleza, todo este terrible flotar en el vacío y en la inseguridad, este estar condenado a lo fugaz, a lo insuficiente, a lo perpetuamente en ensayo y diletantesco, en suma, a toda la falta de horizontes y de comprensión y la desesperación angustiosa de la naturaleza humana.

Todo lo anterior ha sido de su conocimiento y en cierta ocasión se ha manifestado a favor de ello, y, no obstante con toda su vida ha predicado lo contrario, ha expresado fe y optimismo, ha simulado a sí mismo y a los demás una inmortalidad y un sentido a nuestros esfuerzos espirituales. Usted ha rechazado y agobiado a quienes profesan una profundidad de pensamiento y a las voces de la desesperada verdad, lo mismo en usted que en Kleist y en Beethoven. Durante varios decenios ha actuado como si el amontonamiento de ciencia y de colecciones, el escribir y conservar cartas y toda su dilatada existencia en Weimar fuera, efectivamente, un camino para perpetuar el momento que en el fondo usted sólo logra momificar, para espiritualizar a la naturaleza, a la que sólo conseguía estilizar en caricatura. Ésta es la insinceridad que le echamos en cara.

Hermann Hesse, El Lobo Estepario

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