El Pacto

By working faithfully eight hours a day you may eventually get to be boss and work twelve hours a day. Robert Frost

Y es que la culpabilidad me acecha, rompí el pacto con mis sagrados tutores, y por años he sido un disidente de la paradoja ética que con tanto cariño me enseñaron sin otra motivación que mi superación personal, para que alcanzara el estatus oficial de consumidor realizado, y ahora después de mucho tiempo de no perseguir la corona que me haría feliz, me invade el arrepentimiento y quisiera que la lección se repitiera y que esta vez fuera más severa. Han pasado aproximadamente cincuenta plenilunios desde que aprobaron mi salida al mundo, al cruel mundo y aún es hora que no he cumplido en su totalidad la parte que me corresponde del pacto, el cual, conforme avanza la línea de tiempo me parece menos atractivo, después de todo la lección número uno fue: ¿Qué obtengo yo de esto?

¿Cuál es el pacto?

Es tal mi cinismo que casi no lo recuerdo, tengo que hacer memoria de mi vida pasada que a su vez trae un tren simbiótico de verdades y consecuencias, de errores y promesas con cara de mentira, que salvo por un par de personas que conocí y a que ahora tengo un sano historial crediticio, cuesta mucho ir atrás a recoger un par de imágenes y evidencia sin sentir que fue un total desperdicio de tiempo.

La brillante escuela que fue la culminación de mi educación era una, la llamaré universidad, era una universidad de una mediana población que dentro de la región tiene un rol bastante importante, no era la peor, ni era la mejor, y eso le es irrelevante, su principal meta es generar empleados suficientes para las tres principales empresas que conforman su jurisdicción. Y lo hace muy bien, más del ochenta por ciento de personas que conocí ejercen su vasto conocimiento en alguna de ellas. ¿Y los demás?, descarriados, pero ya reconocerán su error cuando extrañen su hogar y volverán a remendar el colosal error, las malas decisiones se compensan mucho mejor poniendo de rodillas el carácter, volverán llenos de zalemas a ofrecer.

Recuerdo que durante años fuimos taladrados cerebralmente hasta lograr en nosotros un paradigma de estrecha visión, no hubo axón que sobreviviera a los constantes ataques, de esta parte el único recuerdo lo dejaron en palabras cicatrizadas, que serían la lección numero dos: Sin incentivo económico las ideas no existen, la creación es un acto que depende de ser remunerado. Acudimos a cientos de clases donde profesores armados con un manual y un cheque mensual peroraban como una empresa sana debería estar constituida, o como nuestro adecuado comportamiento corporativo nos conduciría al éxito. El portar las cadenas y loarlas se volvería insoslayable para cualquiera, y ésa era la magna estrategia, todos notarían el compromiso impreso en cada acto y nuestro futuro estaba garantizado. Técnicamente no tengo queja alguna, fuimos adiestrados para ser buenos obreros, donde se nos prometió que con nuestro esfuerzo y la correcta utilización de herramientas financieras, tales como el ahorro y el uso de créditos bancarios podríamos llegar a la cúspide del ser, llegar a estar bien posicionados en el ciclo de consumo, parafraseando a Sallinger, podríamos comprar incluso un Cadillac.

Y si me preguntas ¿Fue efectivo este método?, sin recurrir a una endoscopia, mi respuesta es: la persona de carácter más fuerte, más enfocada y que más me ha inspirado en la vida ahora se perfila a ser empresario. Que orgullo, yo conocí a ese láser imparable cuando era un sencillo obrero.

En verdad que es un sueño, por fin ser parte de la oferta y la demanda, muchos todavía permanecen en la extática posición que les provoca el generar ingresos, ampliar el umbral de la capacidad de adquisición, elevar el estilo de vida con productos cada vez más extravagantes cuya utilidad y relevancia puede ser expresada con un cero enorme, radiante, caro y elegante. Es un hecho científico que rodeados de bienes eyaculamos con tranquilidad, pues estamos concientes de que mientras intercambiemos más de la mitad de la vida aseguraremos tener mercancía, nunca nos faltara ninguno de esos objetos que garantizan la obsolescencia del alma. Paladines de una economía saludable y creciente, evitando la pauperización y llevando nuestras nociones del mundo a cada rincón con credenciales que nos avalan como aptos para toma de decisiones a una escala miniatura, pero que después de todo un gran sistema se compone de pequeños engranes para funcionar, todos nosotros impulsamos la rotación de la tierra con la suma de nuestras acciones. Geográficamente todo evoluciona de igual manera, al salir de ahí el mundo pasó de ser una gigante extensión territorial a un diminuto punto en un mapa, cuyo diámetro se extendía entre mi lugar de trabajo y la casa que obtendría gracias al fondo destinado a nosotros, los que forjan con sus manos el mundo. Ese santuario donde viviré con mi  esposa y mis hermosos hijos.

Es un cuento de hadas, lo sé, todo es utópico y maravilloso, y todavía puede mejorar con un aumento de sueldo, pero volviendo a mi calamitosa realidad, la verdad es que no formo parte de ese paraíso, por fin, lo he recordado, ese era el pacto y no lo estoy cumpliendo, ¿Por qué?, la respuesta es muy sencilla, soy un enfermo crónico y al parecer no hay cura ni tratamiento. No pudieron contra mi mediocridad, nada puede y así ha sido siempre, de cada cosa que me enseñaron solo capte la mitad, de cada camino que he emprendido siempre recorro la mitad, incluso de aquella frase que sacudió mi ser, recuerdo solo el cincuenta por ciento de sus palabras. Antes me era imperceptible pero ahora que estoy tan fuera de forma y que además desaprendí esa mitad, puedo ver el espantapájaros que dejaron deliberadamente entre las nubes para todo aquel que osara salir de los limites de un espécimen destinado a un trabajo que no incluía el uso de la creatividad u otras actividades donde intervenga algo más que la virtud del maniquí en piloto automático que representábamos.

Cumpliendo con la cuota autoimpuesta de 1% de honestidad en cada cosa que haga, y para explicar lo que el mundo laboral me ha hecho citaré al cardenal Octaviano degli Ubaldini, “Puedo afirmar, que si existe el alma, yo he perdido la mía al servicio de los gibelinos”.

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