Libertad

No hay nada más poco natural que la sensación de libertad decía la Babouschka. Una palabra condenada desde el contenido semántico, muy ligero, le faltan muchas palabras y otro tanto de soltura para poder descifrar el verdadero valor de ésta, que se encuentra en las profundidades de lo que lo ambiguo nos ofrece. Continuamente se quejaba de los creadores de la palabra, se refería a ellos como cobardes hipócritas, que desperdiciaron esa bella combinación de letras en una visión débil e insípida. La llamábamos Babouschka por ser la primer palabra que le oímos decir, en el primer grito de una lista interminable. Mientras gritaba a su abuela, ya me formaba idea de su constitución, por el color y el tono, noté que provenían de un ser con una vanidad poco común que se asumía inteligente, como la mayoría de los arrogantes, que son la mayoría valga la redundancia.

Y quede muy lejos de mi premonición, rayano a lo exótico resulto la Babouschka, al poco tiempo de permanecer en el colegio ya era dueña de la animadversión de sus alrededores, no era una persona muy desagradable que digamos, tal vez un poco muy pendenciera, pero la cualidad detonante de esas malogradas relaciones, era que el noventa y cuatro por ciento de su vocabulario estaba destinado a conflagraciones verbales, que abundaban dadas sus formas de interacción, mayormente hostiles siempre secundadas de una posición absoluta e irrefutable. Imposible evadir esa singularidad, sin importarme su reputación de filosofa insoportable, sin importarme que peroraba hasta el infinito, nada podía con mi ansia de sentir ese aliento gélido,  sentirme cómplice de la rusa más hermosa que mis ojos habían visto, la única rusa que conozco. Quería seguir esa gesticulación característica en su cara que proclamaba la seguridad de encontrarse en una parte donde pocas personas podían pararse. Dado que todo artista necesita testigo de su genio, fue fácil acercarme, máxime, que hablábamos de una persona calificada por el vox populi como detestable. Me convertí en su oyente fiel, aquel que escuchaba absorto y que cada cierto tiempo para no despertar sospechas de desinterés o la cólera de la rusa, mandaba señales de vida, asintiendo con la cabeza, ofreciendo retroalimentación, una vez mandanda la bengala de atención volvía a recargarme en mis manos para escucharla por horas.

Fui usado como recipiente donde vertía toda su filosofía y demás lodo, la mayoría de las veces resultaba original, otras tantas solamente era atrevida, evitaba sobre todas las cosas ser conservadora, era lo que sin duda, consideraría imperdonable en su persona. Siempre sospeché de la autoría de sus pensamientos, era demasiado joven para originarlos. Sospechas que sofocó al contarme como su abuelo se reunía con otros tantos hombres de carácter sabio en un pequeño departamento en San Petersburgo, fue ahí donde se gesto todo su glacial cerebro, siendo éstos ancianos, cuyo tema favorito eran las sociedades experimentales, los padres de él. Su tierra natal le traía en automático un pensamiento, “San Petersburgo es frió por culpa de la gente, no por el clima”. Curioso resultaba verla hablar de actitudes frías e indiferencias, ella, en verdad se consideraba una persona calida y amena, atributos difíciles de separar del sarcasmo al saber que pertenecían a alguien que aplaudía la eugenesia empleada en el esclavismo y  nazismo, y que sugería la necesidad de implementarla en la vida moderna de forma urgente.

Yo, como su escucha incondicional no intercambiaba argumentos, jamás cuestione sus galimatías lógicos, que si los sometemos a análisis, concluiríamos que solo era otra idealista concomitante, que no ofrece otra cosa que lo más fácil de obtener en el mundo: cinismo y quejas. Señalado, con sutileza de mi parte tales premisas, se defendió con:  Ser martillo para no ser yunque. Rechazaba ella misma todas sus palabras por ser el mundo un lugar donde está muy sola con sus ideas y  ya era éste muy grande como para hacerlo cambiar de dirección.

Obtuve su confianza, pero nada más, nunca pude llegar donde deseaba, me resulto imposible lograr que su mirada hacía mi no contuviera desprecio. Pasado un tiempo pude resignarme, pero no pude dejarla, aun a pesar que para ella solo era otro de los que llamaba “Carentes de Altivez”, en el fondo de su persona, haciendo a un lado su amor propio, sabía que yo representaba su única amistad verdadera, sin dudarlo le quedaba un sabor agrio al saber que yo, una persona atrasada intelectualmente le resultaba ser imprescindible.

Dicho sea de paso que mi carácter indispensable no fue el motivo que detuvo mi renuncia a la Babouschka, lo que sujetó mi cuerpo fue una enorme lastima, sin espectador se quedaría reducida a una mujer solitaria y antipática. Sin donde depositar toda aquella renuncia a la moral establecida, todos los circunloquios, todas las ideas revolucionarias. La prosa entera que la formaba solo seria un esfuerzo estéril atorado en el pecho con enorme ansiedad de conocer la luz y mostrarse al exterior para sembrarse y hacerse eterno.

Como empata con el hielo de esa cara que solo enseñaba a lo mucho cuatro dientes en su estado más alegre, no puede abdicar.

Me gustaba el dramatismo que imprimía en el sonido cuando hablaba de temas delicados. Su versión del infierno me gustaba, ella aseguraba que debido a un error de traducción, o alguna pifia en la exégesis había dado al infierno el fuego, cuando la versión real, la verdadera es que el infierno es azul y todo está congelado tal como San Petersburgo. Los mártires que ya se han preparado para él no deben preocuparse que el hielo igual quema y es capaz de acercar a los peores enemigos para compartir sus desgracias, a su vez demostrar que la sociedad no es otra cosa que la necesidad de ser muchos compartiendo un mismo error. Acabando siempre estos discursos con un cigarro “Para evitar que se congele el alma”.

De su vasta lista de posibles tópicos al que más recurría, y que yo más le recordaba por ser un ejemplo ambulante de la carencia en el sentido que le dábamos, era la libertad. Salía de si misma y flotaba por toda la palabra, la cual, solo ella y otros cuantos, comprendían en esencia.

–Visión absurda—observaba la Babouschka, llaman libertad a la capacidad de tomar unas cuantas decisiones que se encuentran en una jaula, como si el hombre, como ser, como casualidad, dependiente siempre de los limites de sus sentidos, dependiente siempre de factores, siempre en la expectación de una u otra cosa, siempre torturándose con lo hipotético, aun así se rotulan seres libres. Ignoran que sus necesidades, todas en principio invisibles, fatuas y de la misma forma, implícitamente, por falta de honestidad, tienen en realidad un papel como regentes en el total del comportamiento. Es como plantear ver otras dimensiones, es algo que no puedo exigirles, pero me llena de rabia que alguien en tales andanzas y con tales restricciones autoinfligidas venga a llamarse alguien libre. La libertad por ser de naturaleza humilde y soberbia, dicha contradicción logra parecer poco extraña dada la lejanía del concepto, aparece ésta explicándose como en su nobleza no permite que cualquiera la alcance. Por ser la razón nuestro pequeño argumento, debemos emplear a la libertad como un arma para emancipar todo sentimiento de deber. La libertad tal como lo dijera Descartes, es un estado de conciencia, por más que escarbemos en nuestras acciones dudo que encontremos rastros de ella, debemos mejor aceptarlo y disfrutar tratando de lograrla. Son buenas noticias para todos, pues incluso el más sumiso de los esclavos puede correr por paramos más grandes y verdes que el mejor de los libertinos.

Permanecí un año entero digiriendo todo el pesimismo que me servia, mi lengua probó la desesperanza en muchas ocasiones, un par de veces logro perturbar mi “Vida Normal”, ahí donde los necios nos conocemos, nos reproducimos y nos morimos. Fue entonces, justo al quinto día después de ser capaz de completar sus entimemas, cuando renuncie a ella. Mi abandono poco se compara con su corrupción de mi pequeña perspectiva de ese mundo fulgurante y sencillo que se presentaba todos los días previos a su aparición. Con la arrogancia que ella me enseñó, le hice un par de preguntas que no pudo contestar, hiriendo su ego, por consiguiente su tolerancia a mi. Jamás podría contestar esas preguntas, era demasiado tarde para ella, sin embargo yo aun tenia salvación y escapé. El mejor recuerdo que tengo de ella, fue cuando en un resbalón olvidó ponerse su pose y por unos segundos fue solamente una mujer común esperando un beso que nunca llego. La frustración y vergüenza que le causo le debió valer un fuerte castigo, jamás volvió a dar indicios de humanidad.

Ahora aparece de nuevo. Y quiere que la escuche.

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